martes, 9 de abril de 2013

Faulkner conmueve hasta las piedras

En una narración caótica (intencionalmente caótica) en la cual los tiempos y las palabras se juntan y separan de manera caprichosa, en ese primer capítulo que no es más que la vida, o que no es más que un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y furia y que nada significa. En ese capítulo en el cual las informaciones nos llegan por cuenta gotas y decodificación compleja, de pronto comprendemos el dolor y el llanto de Benjy, el llanto de una ausencia, de una falta, en un narrador que actúa desde el yo pero también parece narrar en tercera persona y mientras leemos terminamos de entender.

Me desnudé y me miré y empecé a llorar. Cállese, dijo Luster. No se los busque, que no le va a servir de nada. Ya no están. Como siga así, no va a tener más fiestas de cumpleaños. Me puso el camisón. Yo me callé, y luego Luster se paró, con la cabeza hacia la ventana.

 terminamos de entender que lo han castrado, que han castrado al idiota para que ya no moleste a nadie.

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