"A lo lejos, en la carretera, apenas visibles, había dos
puntos negros, en medio, como nosotros, pero eran dos alemanes que llevaban más
de un cuarto de hora disparando.
Él, nuestro coronel,
tal vez supiera por qué disparaban aquellos dos; quizá los alemanes lo supiesen
también, pero yo, la verdad, no. Por más que me refrescaba la memoria, no
recordaba haberles hecho nada a los alemanes. Siempre había sido muy amable y educado
con ellos. Me los conocía un poco, a los alemanes; hasta había ido al colegio
con ellos, de pequeño, cerca de Hannover. Había hablado su lengua. Entonces
eran una masa de cretinitos chillones, de ojos pálidos y furtivos, como de
lobos; íbamos juntos, después del colegio, a tocar a las chicas en los bosques
cercanos, y también tirábamos con ballesta y pistola, que incluso nos
comprábamos por cuatro marcos. Bebíamos cerveza azucarada. Pero de eso a que
nos dispararan ahora a la barriga, sin venir siquiera a hablarnos primero, y
justo en medio de la carretera, había un trecho y un abismo incluso. Demasiada
diferencia.
En resumen, no había quien entendiera la guerra.
Aquello no podía continuar."
Celine en su Viaje
al fin de la noche logró que
la experiencia del lenguaje sea tan violenta como la realidad.
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